Esta mañana me hice la remolona en la cama; el día anterior había borrado la prisa de mi agenda. Y ahí estaba Sena, mi “teddy bear” como yo la llamo, con ese cuerpo de peluche y sus ojos vibrantes e inquisitivos, lanzándome preguntas “¿Cuándo vamos a salir?”.
Desayuné, desperezándome en cada sorbo de té, mirando con indiferencia la creciente montaña de migajas de magdalena que caían perezosas sobre el mantel. Mi perra insistía, dándome toquecitos en los tobillos.
Salí a la calle cuando el sol estaba a punto de alcanzar el cénit y Sena, como animal de costumbres, me llevó derechita hasta el parque, olfateando cada farola como si fuera nueva. Todo estaba tranquilo. El parque está situado en un lugar recogido, a salvo de críos bulliciosos a las puertas de sus colegios, de supermercados concurridos y de calles invadidas por ruidos de motores.
Mientras mi perra se dedicaba a sus menesteres en el rincón canino, dejé vagar la mirada indolente, respirando el ligero aroma que desprendían los macizos de adelfas.
Unos pasos más allá, en el recinto vallado para los juegos infantiles, se detuvieron mis ojos. Un anciano solitario sentado en un banco. Su rostro curtido por años de soles rabiosos e imprevistos aguaceros, como los troncos rugosos de los chopos y de los abetos, que lo contemplaban pacientes.
Se cubría con un sombrero añejo, que había vivido mejores tiempos. Imaginé que con él protegía sus recuerdos en fuga constante. Estaba ligeramente inclinado hacia delante y parecía balancearse al ritmo de los columpios, mecidos por el viento. No pude evitar acercarme un poco más. Seguía absorto, y me sorprendí al comprobar que estaba haciendo dibujos en la arena amarilla con su bastón de madera. Como un niño. Parecía tan frágil. A veces se echaba hacia atrás, con dificultad, y se demoraba un ratito, mirando los surcos que había dejado.
Me sentí conmovida y me olvidé de mi perra, de los chamarines cantando, de la sombra que me lanzaba el ciprés y me enfriaba las manos…
De pronto un breve cambio de luz, la huella de una paloma sobrevolando el cielo azul, me distrajo un segundo.
Cuando regresé la mirada me encontré con la suya. Lo había estado mirando descaradamente y me sentí intrusa, ladrona de soledades. Casi pensé disculparme, pero sus ojos rientes me dijeron que todo estaba bien. Giró su cabeza, y apoyándose en su bastón, se incorporó lentamente. Con un par de movimientos de su pie derecho barrió sus trazos de la tierra y despacito me dio la espalda, desapareciendo tras los plátanos de sombra que parecían inclinarse a su paso, a modo de singular despedida.
Así se fue silbando.
Y yo me quedé con ganas de saber lo que había dibujado.