Estaba allí. Mi cuerpo estaba allí. La sonrisa aprendida, la frente relajada como me enseñaron. Pero las voces, aquellas voces impacientes ascendían en espiral huracanadas, adueñándose de mi conciencia, a través de mis venas y de mi piel, por los recovecos de mis huesos, abrazando mi médula. Noté un pinchazo en la nuca, como el aguijón de una abeja furiosa y supe que habían vencido. Me llevé la mano al cuello, con delicadeza, nadie debía notarlo. A lo mejor si me esforzaba un segundo más en mantener aquella dulce apariencia no volvería a pasar. Y pensé «respira y cuenta hasta tres». Me despisté el instante que cerré mis párpados en la última cifra. Suficiente. Al abrirlos sentí un alivio del tamaño del silencio en el desierto. Sin embargo ellos me miraban aterrorizados, todos menos uno y el espejo manchado de sangre.